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En 1962 Rachel Carson publicaba su Primavera silenciosa, y nos hacía notar que, por aquel entonces, cuando llegaba el buen tiempo ya no cantaban las aves, las ranas y las cigarras. Por lo visto, el mundo no se ha tomado en serio su aviso. La caída de la biodiversidad es asombrosa. España es un caso patente, y en particular Castilla y León. Ancha es Castilla, pero ya no canta. Cientos y cientos de kilómetros de campos sin insectos, anfibios o reptiles. Las causas son principalmente cuatro. Primero, la destrucción del hábitat. Segundo, la contaminación por fertilizantes y pesticidas. Tercero, patógenos y especies invasoras fuera de control. Cuarto, los cambios climáticos a gran escala. No es necesario decir que somos responsables de los cuatro factores. El ser humano busca ganancia a corto plazo y, a pesar de auto-otorgarse la cualidad de sapiens, no es suficientemente sabio (o inteligente) para conseguir planificar más allá de lo que ven los ojos. Pasa que, a estas alturas, también los ojos deberían delatar el problema. Choca siempre más lo de los pesticidas: que una multinacional lejana envenene tierras ajenas no sorprende, pero que los padres atosiguen de sustancias tóxicas y cancerígenas las aguas que beben ellos mismos y sus propios hijos esto no, no se entiende, y se explica solo con una angustiosa estupidez.

De un millón y medio de especies animales que conocemos, casi un millón son insectos. Son el pilar de la diversidad y de la ecología. Limpian, fertilizan, reciclan y equilibran materia y energía de este planeta. ¿Qué pasaría si desaparecieran? ¿Cómo sería el mundo sin insectos? Inviable. Además de triste. La revista Biological Conservation acaba de publicar un estudio sobre el declino de los insectos, sobre todo en Europa. Echad un ojo. Abrumador.

Sánchez-Bayo F., Wyckhuys K.A.G. 2019. Worldwide decline of the entomofauna: A review of its drivers. Biological Conservation 232, 8-27. [link]

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